Tomar o no tomar… esteroides

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esteroides

Creo estar en condiciones de afirmar que el titular de este artículo refleja un conflicto que puede resultar igualmente dramático.

Sé que son muchos los chavales que se enfrentan a sus primeros escarceos con el hierro con el único y loable objetivo de quemar algunas horas con una actividad física que si además les proporciona la posibilidad de aumentar el perímetro de sus alámbricos brazos, mejor que mejor.

Hasta ahí estaremos de acuerdo, puede que haya una gran multitud que únicamente estén buscando entre barras y mancuernas la posibilidad de mejorar sensiblemente su condición física, aunque no me negaréis que muchos otros también anhelan modificar su aspecto.

El problema radica en los medios a utilizar para obtener el fin, medios que en algún caso no estarán justificados, tengan éstos la finalidad que tengan, y observad que estamos tratando siempre con personas cuya experiencia con el hierro puede que se limite al cotidiano manejo de los cubiertos llegada la hora de comer.

No obstante, todos conocemos la atmósfera que se respira en ciertos centros neurálgicos de ocio nocturno donde en el mejor de los casos, el icono de referencia suele ser un pseudoculturista metido a portero de noche, cuyo interés reside casi siempre en financiarse su propio suministro con las ventas realizadas a clientes ingénuos y facilones.

De ahí, muchos principiantes que aspiran a culturistas obtienen una respuesta a su curiosidad, curiosidad que a veces se ha iniciado incluso en los vestuarios del mismo gimnasio, un verdadero caldo de cultivo para las descerebradas opiniones de algunos que
motivados por su complejo de inferioridad, sólo atinan a conceder credibilidad a los músculos
logrados mediante el apoyo de medios exógenos, como si el esfuerzo vertido en las miles de horas de duro entrenamiento representara para ellos poco más que un infructuoso medio de perder el tiempo.

Existen un sin fin de valoraciones, sin duda, y cada una de ellas con criterio propio, aunque no por ello más validas que las de otros. Del mismo modo tampoco voy a intentar imponer la mía, aunque pienso que la experiencia de más de veinte años manejándome en el medio me otorgará, cuando menos, cierta credibilidad al afirmar que el único camino para obtener un desarrollo muscular sólido transcurre por tres vías: entrenamiento, alimentación -incluyendo dentro de ésta la necesaria suplementación- y recuperación.

Ya, ya sé, ya, seguro que podéis oir desde aquí las risas de aquellos que me estarán
tachando de ingénuo cuanto menos, aunque creo adivinar que serán los mismos que una vez
abandonada la disciplina de la hipodérmica volverán a ser lo que siempre fueron: unos pobres de espíritu con muy poca fortaleza mental y un cuerpo que a duras penas superará los estándares medios.

Todo aquel que haya vivido el culturismo desde principios de los ochenta sabrá bien de lo que hablo, ya que por aquel entonces deporte y sacrificio seguían siendo conceptos indisolubles. Se conservaban unos valores, se premiaba la abnegación y la entrega, y los años seguían todavía teniendo 365 días.

En todo este tiempo el calendario ha ido adelgazando, parece como que el reloj hubiera decidido por sí mismo recortar las horas, y que éstas ya no tuvieran más los sesenta minutos de siempre. Ahora todo se mide con el rasero de la inmediatez, y nada es lo bastante bueno si a la vez no se acompaña de ese sobrevalorado adverbio. Eso hace que los resultados sean más apreciados si son obtenidos en un espacio de tiempo menor de lo esperado, cuando son muchas las ocasiones en que incluso esa misma previsión ya nace viciada por un deformado criterio que desprecia factores vitales que debieran ser tenidos en cuenta en todo momento.

Es por eso que muchos de los aspirantes a culturista, una vez han desperdiciado -siempre según su erróneo criterio- unos primeros meses de relativo esfuerzo y empeño en las labores del entrenamiento, y sin pensar ni por asomo en la posibilidad de optimizar la dieta si es que en realidad están siguiendo alguna, reducen toda su estrategia a una simple cuestión de la cual esperan obtener la misma rentabilidad que algunos de sus compañeros con orgullo afirman haber logrado ya: Tomar o no tomar… esa es al parecer, la única cuestión.

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